Envidiosos conjuros

Redacción

Graciela era profesionista de 29 años, con una promisoria carrera política en crecimiento, casada y madre de un niño de un año. Osvaldo, su esposo, dirigía una cadena de restaurantes que si no le daba todos los lujos, por lo menos le permitía rentar un espacioso departamento en la zona más exclusiva de la colonia Condesa, en el Distrito Federal. De carácter amistoso y sociable, Graciela conoció a Fabiola, de 23 años, llena de ambiciones y la llevó a trabajar con ella.

Ambas iniciaron una relación de compañerismo que pronto se convirtió en una amistad indisoluble. Salían a comer juntas, algunos fines de semana se reunían en el parque; por las noches solían ir a divertirse o simplemente se reunían en casa de Graciela para “terminar los pendientes de la oficina y echar chisme” cuando Osvaldo estaba de viaje. Fue así durante casi dos años.

Para ese tiempo, Fabiola conocía todos los movimientos de su amiga, sus gustos, sus pasatiempos y en ocasiones hasta cuidaba de su hijo mientras el matrimonio salía de viaje. Muchas de las prendas que Gabriela compraba terminaban en el guardarropa de su amiga, así como cosméticos, bolsas y otros accesorios. De pronto, la vida de Graciela comenzó a tomar un rumbo diferente.

Su esposo comenzó a serle infiel. En el ámbito profesional comenzó a estancarse y su hijo enfermaba muy seguido. El dinero no le alcanzaba y su estado de ánimo comenzó a decaer. Todo en un lapso de dos o tres meses. La única con quien contaba era con Fabiola, quien un día en tono sarcástico le comentó que se hiciera una limpia, Graciela se negó, pero la espina había quedado clavada.

Cuando decidió hacerlo, se acercó al “Hermano Fredy”, un chamán con 20 años de experiencia, éste le aseguró que estaba bajo un hechizo y que era de una persona cercana. Ella se negaba a creerlo, hasta que un día encontró en uno de sus cajones, un par de rosas mezcladas con unas tunas y amarradas con un listón rojo. Al llevar estos objetos con el brujo le confirmó que alguien le estaba haciendo daño y que este hechizo se utiliza para deshacer parejas.

Graciela comenzó a sospechar de Fabiola, pues era la única que entraba a su casa con tanta familiaridad, pero se negaba a creerlo. Después comenzó a buscar en todos los rincones de su casa, en donde halló otros amuletos. En otro de los cajones encontró una vela roja envuelta en listones con cabellos, aparentemente de ella, pues eran largos; así como bolsas con frijoles rojos y semillas de diversos colores.

La verdadera preocupación llegó cuando encontró una de sus fotografías escondida en una coladera del patio trasero, con lo que se pretendía que su vida se viera rodeada de acciones negativas. No había dudas, la única con el acceso a todos los rincones de su casa era Fabiola.

Graciela, a pesar del miedo y la tensión decidió confrontarla, pues tenía que aclarar esta  situación. Finalmente lo hizo y su “amiga” simplemente le respondió que  todo era falso pero que la actitud de Graciela siempre había sido de altanería y prepotencia, que ella no fue la que realizó estos hechizos y que seguramente alguien lo hacía con el fin de enseñarle una lección. Fabiola desapareció de su vida para siempre.

Hoy Graciela vive con su hijo, pues decidió separarse de Osvaldo, tiene un trabajo estable y su salario es suficiente para que ambos tengan una vida desahogada, aunque sus aspiraciones se han truncado. Asegura que el recuerdo de Fabiola no la intimida, a pesar de que nunca estuvo segura si fue ella la de los amuletos, aunque sí reconoce que todavía siente escalofríos al recordar la fotografía con la que la estaban “trabajando”.

Para los especialistas el poder de la brujería funciona cuando el afectado se deja influenciar y cree que será dañado, es decir, él mismo otorga el poder para que lo dañen. Muchos casos como este se conocen a diario. Muchas “Fabiolas” van por la vida dañando a personas cercanas. Es importante reconocer que el problema que ellas cargan, es un sentimiento de envidia, pues no soportan el triunfo de los demás.

El psicoterapeuta José Luis Cano Gil, afirma que la envidia  es un sentimiento muy común  que puede ser explícita y transparente o formar parte de la psicodinámica de algunos síntomas neuróticos que representa frustración insoportable ante el bienestar de otra persona, a la que por ello se desea inconscientemente dañar.

Es por eso que algunas personas, incapaces de utilizar sus facultades para progresar, deciden utilizar sus recursos en contra de quienes sí lo hacen. Asegura que cualquier síntoma de envidia, puede incubarse de forma imperceptible pero ir creciendo con el transcurso del tiempo, por lo que es primordial atender cualquier sentimiento de este tipo con ayuda profesional. Es de vital importancia dejar asentado que cada persona tiene las capacidades para sobresalir en su entorno, lo importante es dedicarse a ello con la mejor actitud posible.

Cano Gil agrega que el envidioso es un ser insatisfecho, por ello siente consciente o inconscientemente rencor contra las personas que poseen algo (belleza, dinero, éxito, poder,  personalidad, etc), y que él también desea pero no puede o no quiere desarrollar.

Así, en vez de aceptar sus carencias y buscar darles curso, el envidioso odia y desearía destruir a toda persona que, como un espejo, le recuerda su privación. La envidia es, en otras palabras, la rabia vengadora del impotente que, en vez de luchar por sus anhelos, prefiere eliminar la competencia y es la defensa típica de las personas más débiles, acomplejadas o fracasadas.

Otra recomendación de este especialista, es no acercarse a hechiceros ni cargar amuletos para protegerse, sino estar atentos y sobre todo no dejarse influenciar por la idea de que otros pueden hacer daño. En el caso de quien se identifique con algún rasgo de envidia, es aconsejable que se busque una forma de alcanzar metas, primero trazarlas a mediano plazo y esperar resultados. De lo contrario, el envidioso vivirá a disgusto y desarmonizará su entorno.