LA TRAVESÍA

Carlos Vélez

Caminó las últimas 4 horas sin rumbo; su semblante afligido hacía pensar que no guardaba esperanzas. Hoy Juan Miguel, ha olvidado cómo se siente el hogar y la calidez de los propios. Había salido 18 meses atrás de su “rancho”, como él dice. Tiene 22 años, su preparación académica apenas rebasó la educación secundaria, pero dejó las aspiraciones para trabajar y ayudar a su padre.

Quedó huérfano de madre a los 9 años de edad, ella falleció víctima de cáncer cervicouterino, a consecuencia de un “lavado malhecho por la partera” cuando perdió a quien pudo ser su segundo hijo. Juan Miguel aprendió el oficio de mecánico y soñó algún día ser ingeniero, para ayudar a su padre en la modernización del negocio familiar, anhelaba tener un taller automotriz de primer mundo en aquel rincón de su tierra, Teziutlán.

Pero ya no es así, los sueños apasionados de su infancia quedaron amontonados entre las cajas de cartón y piezas oxidadas de camionetas inservibles; después de que su progenitor fuera diagnosticado con un cuadro avanzado de diabetes, sin más conocimientos que los adquiridos en el taller y sin mayores oportunidades de un buen empleo, decidió hacerse a la aventura que había escuchado en la propia voz de amigos de su padre.

El “sueño americano” le bautizaron, aquel que experimentaron siendo jóvenes en mejores tiempos para “los mojados”. Convencido
de que el futuro sería promisorio, empacó sus tres playeras y un pantalón de mezclilla, y en compañía de su primo Francisco, partió con rumbo al norte, donde se tejieron sus anhelos de una mejor condición de vida.

Han pasado 18 meses ya desde aquel atrevimiento, de a poco se aproxima a su destino, el viaje ha sido tan sinuoso que las llagas en los pies son insensibles al siguiente paso que va dando. Conserva veinte pesos que consiguió de una “marchanta” al cargar su bulto de tortillas en su paso por Hidalgo.

Lleva dos días sin comer y una semana sin beber propiamente agua; pero él sonríe. Se siente tranquilo por no morir en el trayecto, por permanecer con vida en este riesgoso camino que eligió y regresar a la tierra que lo vio nacer. El primero en reconocerlo es Ramón, el tendero, quien le obsequia el refresco que bebe mientras continua caminando. Gustosamente entre aventones y caminata por fin se encuentra en casa después de año y medio de ausencia. Al entrar no encuentra a su padre. Le explican que “se puso malo” y se lo trasladaron a Puebla capital, donde estará internado por los próximos tres meses o lo que le cubra el seguro popular.

La otra casa a visitar es obligada. Arriba al hogar de doña Martha, su tía, para dar cuenta de su primo Francisco en la travesía; el frío silencio y las miradas inquietas de ambos suponen que no son mejores noticias que las que él podría contar de sí. Y es que
Francisco está muerto, “No lo dejaron llegar” explica traumante, al tiempo que el llanto desgarrador de la mujer y la incredulidad de los demás presentes devastan el poco regocijo por el regreso de nuestro aventuro ausente.

No podrán repatriar el cuerpo, “Sepa Dios dónde quedó” es el dictamen de Juan Miguel; “Apenas la cruzamos y nos venadearon”, porque el sueño se volvió pesadilla y en un ataque de impotencia, es precisamente su tía quien lo corre de su casa haciéndolo sentir más culpable aún. Ahora es domingo, los amigos saben de su retorno y le invitan “a la banda” para saber de su experiencia. Cuenta a detalle que fue aprehendido cerca de El Paso, Texas; estaba asustado y fue la misma patrulla fronteriza quien le arrestó hasta ponerlo fuera del suelo americano. Lo trasladaron hasta “la barda” y fue liberado en Ciudad Juárez, donde presenció a plena luz del día más de 30 ocasiones los cuerpos asesinados expuestos en su estancia en aquel sitio. Fue testigo del trato opresor a las mujeres a lo largo de la localidad, con la prostitución como fuente motora de ese preciso maltrato.

Se acompañó de vagos para no sentirse solo, lo cual lo llevó a los picaderos. Fue tentado con drogas de todo tipo pero al resistirse, tuvo que huir para no ser ejecutado por el “Viper”, líder del trasiego de alucinógenos en la zona donde consideró refugio, pero encontró sólo peligro. Días después y de “ride” llegó a Nuevo León y nuevamente el crimen organizado le dio la bienvenida de vuelta al paisano. En la ida ya había tenido que lidiar sobreviviendo en vagones de trenes llenos de “marihuanos”, pero ahora, “los
mentados zetas” lo abordaron y llevaron a un paraje cerca de la frontera con el estado de Veracruz, donde también sorteó con desprecios y abusos por parte de grupos delictivos dedicados al tráfico de personas y estupefacientes.

Finalmente en su relato se expresa: “Es que esos güeyes tienen trocas bien efectivas, como en la que me subieron; y pues la neta, si no fuera porque me cala la conciencia, igual y le daba al jale que rifan pa’ jodidos como nosotros”. El silencio entre los camaradas mismos en la edad de Juan Miguel desprende pensamientos de solución a sus distintas actualidades, “Yo conozco a un ‘yerbero’ que siempre trae un resto de varo, que vive allá por la salida a la carretera” aumenta uno de los amigos, atendiendo Juan Miguel en respuesta. “¡Pues igual!, con ese chingo varo que se cargan pa’ tragar, como te matan aquí, si te vas te matan allá! …quedándose los jóvenes al final con muchos asuntos en qué pensar.