Ofrendas en Tochimilco
Tradición viva
Omar Valverde

La edición pasada nos adelantamos al día de muertos, publicando las tradicionales calaveras. Hoy, todavía al calor de los festejos, escribimos este trabajo dedicado a una comunidad que abre sus puertas el 1 de noviembre a todo el que llegue a visitar las ofrendas.

La muerte, esa palabra a la que se le guarda un profundo respeto, es y será un misterio para la humanidad. Siempre cercana, siempre paralela a la vida. Los filósofos la describen como parte de la vida misma. Los metafísicos aseguran que sólo es un trance para cambiar de plano espiritual. Los creyentes afirman que es el preludio para llegar al cielo o al infierno.

Pero para otras comunidades es un rito milenario que ha perdurado y evolucionado. Es una mezcla de costumbres prehispánicas con ritos católicos que pretenden rendir culto a los difuntos, todo con respeto pero en un ambiente festivo, lleno de folclor, aromas, música y espiritualidad.

A tan sólo 45 kilómetros de la capital poblana se encuentra la comunidad de Tochimilco, sitio lleno de magia y color; lleno de tradiciones y gente de corazón generoso. Las ofrendas en México siguen siendo una tradición muy arraigada. El día de Muertos es la segunda fiesta religiosa de mayor importancia a nivel nacional.

Desde que entramos a la primera calle se puede respirar el aroma del copal, el ambiente es totalmente colorido, aunque predomina el amarillo del cempaxúchitl, flor característica de esta época. Las entradas de las casas están adornadas con sus pétalos, formando un alegre camino que será la bienvenida a los difuntos.

Los altares son grandes, de dos metros de altura o más. Las velas y los ángeles llorones no pueden faltar; tampoco las hojaldras, las cañas y las calaveras de azúcar, que son el marco perfecto para el retrato de los recién fallecidos. Predomina el blanco, pues las ofrendas se elaboran con cartulina picada o papel. Velas iluminan la ofrenda, generando por la noche una bella imagen para que el muerto sea recibido como merece.

Este año fallecieron 47 personas en Tochimilco, una ofrenda por cada uno para visitar. Tarea imposible para realizarse en un sólo día. Seis, cuando mucho siete altares a los que se puede acceder. El día no alcanza, la gente es generosa y merece tiempo, no se puede llegar y permanecer unos cuantos minutos. Además ofrecen los oriundos de Tochimilco platillos especiales para los visitantes. Mole, arroz, quizá una pasta. Pan de horno, chocolate de agua, mixiotes. En fin, una verdadera muestra de la gastronomía local. Tortillas de mano, la muestra también se vuelve artesanal.

No puede faltar una cerveza o un tequila, bebidas con las que se identifica a México en otras partes del mundo. La plática versa sobre la vida que llevan los de Tochimilco en Estados Unidos, muchos de ellos, la mayoría, vienen de paso, pues se fueron hace 30 o 40 años a buscar una mejor vida. La encontraron, y sus dólares son los que les permiten celebrar estas fiestas, porque eso sí, esta es una tradición que no dejarán morir.

Aseguran que hacen lo posible para que su descendencia no pierda estas costumbres, aunque es difícil, “ya los jóvenes no quieren hacer muchas cosas que nosotros. Y viviendo en la Unión Americana menos, están tomando otras costumbres. Pero ni modo, nosotros llegamos allá por necesidad, ellos están por gusto.”

Enmarcada por un imponente “Don Gollo”, Tochimilco cuenta con siete mil habitantes, de los cuales las mujeres son el 70 por ciento. Ya que los varones salen desde los 15, quizás 17 años a buscar una mejor vida al país del norte. El aroma que nos despide sigue siendo de copal, la población agradecida por que nos interesamos por sus costumbres. Nosotros agradecidos por la hospitalidad brindada.

Tochimilco es un lugar que no se olvida, es un sitio donde se vive bien, donde se vive alegre. Tiene un convento que es una joya arquitectónica. La parroquia del Calvario es otra joya; gran parte de la aportación para su construcción también se mantiene de las divisas de los migrantes que allá se encuentran.