Angélica Soberanes

El maratón Guadalupe-Reyes apenas finalizado mantuvo velado el asunto de la aprobación a las reformas a la Ley de Libertad Religiosa aprobada el pasado 15 de diciembre en la Cámara de Diputados y que ha arrastrado entre sus más duras críticas, la del aumento de la injerencia de la Iglesia en asuntos del Estado.

El principal cambio que se llevó a cabo en la Constitución como lo comenta la revista Proceso, “permitirá la realización de actos litúrgicos en edificios públicos o la impartición de enseñanza religiosa en escuelas públicas”. Lo anterior ha sido la preocupación más importante de diversas organizaciones civiles, activistas sociales y algunos miembros de la bancada del PRD y el PT.

Sin embargo, algunos consideran que se trata de una modificación positiva que genera apertura y libertad de creencias que nos sitúa como consideró el panista Javier Corral, como un país “moderno”. Lo cierto es que asusta la posibilidad de tener lo que significaría un retroceso en la lucha que encabezó Benito Juárez García con sus Leyes de Reforma o lo que se buscó en los años sesenta con la lucha universitaria.

¿Cuál es el verdadero sentido de dicha reforma? ¿Cómo interpretarla? En esta edición de Vocero El clarín, hemos querido reflexionar acerca de problemas sociales tales como la drogadicción, nos hemos acercado a algunos de los más activos críticos sociales de nuestro Estado y lo que nos hemos encontrado, son enormes coincidencias con respecto a las formas en las que nuestro país puede avanzar y una de ellas es la educación. La educación como integración de lo que somos como humanidad, como trabajo en equipo, como despertar a la acción social, como crítica a la comunidad, a las autoridades, a las formas, a nosotros mismos.

¿Cómo educarse en un país que mezcla tan peligrosamente religión con poder? Esta reforma abre la herida de quienes han luchado por la separación de la Iglesia del Estado y de quienes han sufrido y adolecido la extraña mezcla de la que hablamos. La educación laica, gratuita y obligatoria, no se ha podido llevar a la práctica muchas veces por razones que rebasan el mero cumplimiento de una ley. Sin embargo, la característica de una educación laica es un factor que no depende de dichas razones, sino que puede ser una decisión que se vuelva ley y que pueda fácilmente llevar a cabo.

La modificación al artículo 24 de la Constitución, validad por 199 votos a favor, 58 en contra y 3 abstenciones, tuvo lugar en el marco de una accidentada sesión en la que se tuvo que forzar el receso dada la inconformidad y la doble toma de la tribuna por parte de algunos diputados que con pancartas y cartulinas expresaron su lectura de dicha reforma argumentando que se trata de una estrategia del pre-candidato del PRI a la presidencia de México para ganarse un punto a favor de la Iglesia Católica de nuestro país.

La reforma, que pretende cumplir con el Pacto de San José, del que México forma parte, tiene como propósito establecer la libertad de conciencia, de libertad y de culto. De ahora en adelante las asociaciones religiosas podrán difundir sus ceremonias en medios de comunicación sin previo permiso del gobierno.

A pesar de que la celebración fuera de los templos se tendrá que sujetar a las leyes reglamentarias, las bancadas del PRD y el PT, temen que la libertad que a partir de ahora se estará otorgando, provoque que cualquier asociación religiosa participe activamente en la vida política de nuestro país o por lo menos que los gobiernos en turno se valgan de esta ley, que abre múltiples posibilidades a una institución tan poderosa en México como lo es la Iglesia, para integrar a la opinión pública política las posturas religiosas que ya está visto, llegan a ser decisivas para la conciencia de nuestro pueblo.

El temor es que el Estado laico que tanto pregonan los países más cercanos a la democracia actual desaparezca, ya que de ser mal interpretada, dicha reforma significaría un retroceso en la búsqueda de la separación de los grandes poderes sociales que representan la Iglesia y el Estado además de un golpe a la razón. Los mexicanos, apegados ingenuamente (hablo también por mi) a una fe que haciendo memoria, tampoco es nuestra ya que fue impuesta con sangre por los conquistadores, pueden llegar a sensibilizarse si se atenta contra una de sus principales fuentes de supervivencia. No sería extraño que se criticara a la izquierda; sobre todo a los seguidores de AMLO, por atentar en contra de la libertad religiosa, la fe, el amor al prójimo y las sagradas escrituras, así que hay que conducirse con mucho cuidado.

Hemos aprendido que en la política no existe la buena fe, se actúa conforme a ideales personalísimos y propios que más vale que sean genuinos y generosos. Nada es coincidencia o azar, todo está macabramente calculado que no reflexionado.

En un país que tiene como títeres a las autoridades religiosas exhibiéndolas en televisión y tomándolas como aliados y en el que la vida política llega a ser risible, se vive con el miedo y la desconfianza de encontrarnos con nuevas sorpresas que atenten contra nuestra libertad y dignidad. Si bien todos los extremos nos llevan a explotar las vísceras, la neutralidad ha llevado a nuestra nación a la indiferencia y a la pérdida de sus fuerzas. Cansados de luchar, nos limitamos a criticar a quienes se atreven a cuestionar la miseria impuesta por un puñado de mal llamados líderes alrededor del mundo que igualan los más sublimes valores a la economía y a la riqueza ridícula que en toda su vida no llegarán a contabilizar.

Gente muere todos los días, la desigualdad crece y nos sitúa en los primeros lugares a nivel mundial por la gran brecha que separa a ricos de pobres pero nadie se siente indignado. La educación, que ha pasado en los últimos años de ser peregrinación a convertirse en carrera de cien metros, reducida a cubrir el conocimiento en el menor tiempo posible y con la menor interacción humana, a delimitarnos, a estrechar nuestra visión de la vida, no puede necesitar más que alejarse de las instituciones religiosas para mantener su distancia de la fe y el fanatismo. Que si bien la vida es un acto mismo de fe en el que no sabemos si veremos la luz al otro día, no podemos hablar de una fe pura, alejada de ideologías e instituciones e incluso intereses.

El tiempo dará la razón a la discusión que se desató a propósito de dichas reformas, mientras tanto, recemos el Padre Nuestro e imploremos a todos nuestros santos para que por favor, dicha reforma no se mal interpretada ni usada a favor de aquellos hombres necios, a propósito de Sor Juana y la libertad a la razón femenina, que pasan más tiempo tapando sus errores que eliminando los obstáculos que nos puedan convertir en un mejor país.

Casi ningún mexicano puede decirse totalmente ateo o anti-católico, todos nos ponemos a rezar cuando vemos la luz que nos llama al final del túnel, a pesar de lo anterior, no podemos seguir confundiendo algo que debería ser muy personal como lo es una creencia religiosa con la actividad pública que decide el rumbo de nuestra generación y las venideras que incluye nada más y nada menos que la vida política, la educación, la seguridad, el orden y la paz.