Angélica Soberanes

“No quiero parecer pesimista, yo tengo esperanza de que el pueblo salga adelante”- fueron las palabras con las que nos recibió el arquitecto, sensible psicólogo, temerario periodista y siempre revolucionario Federico Chilián Orduña, cuando lo visitamos para poder compartir con él nuestras impresiones acerca de su más reciente publicación. Nuestra sorpresa fue encontrarnos con una charla por demás enriquecedora, llena de anécdotas que bien valdrían la edición de otro libro, además de un luchador por la justicia y el desarrollo de nuestro país que lo mismo ha sido actor político, que servidor de las causas sociales más nobles.

Su libro: “50 años de pasión universitaria” es tan apasionado como el título mismo, se trata de un desborde de ideas acerca de la historia de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla BUAP, en el que se palpa en el aire la lucha de aquellos días en que los estudiantes a decir del propio Chilián, “no eran indiferentes”.

Si bien se ha manifestado 99% ateo, dejando ese 1% para la duda no comprobable científicamente de la existencia de cualquier entidad divina, se refiere enérgicamente a la fe religiosa como uno de los criterios que obnubilan el crecimiento de nuestro país. Somos –dice- el primer país que aporta más recursos al Vaticano, expresando su descontento por la falta de transparencia en las actividades de una institución tan grande como lo es la Iglesia Católica y recordando con desagrado el problema de pederastia en el que se vio envuelto el padre Maciel y del que la autoridad suprema estuvo al tanto desde hace mucho sin hacer nada al respecto.

La lucha que se gesto en la entonces UAP en el periodo de los años 60 y 70, tuvo que ver con la emancipación no de la institución como tal, sino de la educación que se otorgaba a los estudiantes y que tenía que ver con un aspecto integral de la vida universitaria; pero también, tuvo que ver con las condiciones ideológicas mundiales y su fanática y muchas veces mal interpretada aprehensión, en un país crédulo que muchas veces canaliza erróneamente sus pasiones: “…ambas concepciones, catolicismo y estalinismo, van a influir decisivamente en el perfil ideológico y político de quienes condujeron los destinos de la Universidad Autónoma de Puebla, en la etapa más sangrienta de este medio siglo”.

La narrativa histórica de Chilián se lee “de corrido” es sencilla pero no simple, amena pero no fácil, crítica pero no molesta, decisiva pero no visceral; visceral pero argumentativa. En fin, es un libro que no solo expresa lo ocurrido en la lucha universitaria sino que pone de manifiesto los desatinos e infortunios que han llevado quizá a la máxima casa de estudios de nuestro estado, a la situación en la que se encuentra ahora, con la que esos jóvenes revolucionarios de aquellas épocas, no comulgan. Se trata de un sistema educativo trazado en límites estrechos que se han fusionado con la dinámica neoliberal global y se han integrado a la masa de escuelas superiores en Puebla, en México y en el mundo, que si no consideran a la educación como un negocio, sus formas nos dan a entender que sí. Es por eso que cobra importancia lo señalado por nuestro entrevistado: México necesita cambios de fondo –dice- no solamente un plomero que te arregle las fugas sino que te cambie la estructura de la instalación.

¿Será que nos hemos olvidado del ser humano? La indignación acerca de la forma en la que se educa en la actualidad tiene sus orígenes en la pérdida de importancia a la persona y a su desarrollo integral, sometiendo su formación a los límites del estudio sin motivarlo al cuestionamiento de su situación social y las ideas que le son impuestas mediáticamente por aparatos económico-gubernamentales que sirven a intereses de pocos. El mayor problema es la indiferencia dice Chilián, respondiendo a la pregunta acerca de las características que alejan a aquellos jóvenes que lucharon por la UAP y los jóvenes de ahora. “No saben trabajar en conjunto” –comenta-, son buenos en su especialidad pero no son capaces de conocer otras áreas de la vida y expresar sus posturas acerca de ellas.

¿Qué tipo de país sueñas? –un país en donde impere el amor-, responde al contarnos acerca de una entrevista que le hicieron en un medio argentino, y en congruencia con dicha postura, tiene esperanza en el candidato a la presidencia Andrés Manuel López Obrador a quien considera como un personaje con desaciertos como cualquier ser humano pero con una buena estrategia.

El capítulo final de su libro titulado “La lobotomía impuesta” nos habla de esa indiferencia de las nuevas generaciones de la BUAP que se disfraza muchas veces de neutralidad o apatía y nos dice que “las generaciones universitarias que vienen del 89-90 a la fecha, tienen como extirpada una parte del cerebro, es lo que yo llamo la lobotomía, ya no participan en la toma de decisiones, ya no opinan sobre lo que el profesor les va a enseñar, sobre lo que sucede en el país; no hemos visto que los universitarios protesten por la inseguridad y por lo que está pasando, en el café quizá comenten entre ellos pero que se organicen para decir: ¡basta!, eso no. Eso ha ocurrido a partir de los 90 en el que se implanta el modelo neoliberal. Dicho modelo propició que se recortara el número de estudiantes que eran aceptados a la universidad y estos jóvenes se quedaron en la calle, son NINIS (ni estudian, ni trabajan) y entonces son clientes potenciales de la delincuencia, pero no son ellos los culpables, es nuestra clase política.”

Un poco en broma, recordamos el episodio en el que reprodujo un disco frente a Casa Aguayo cuando aún estaba Mario Marín en el gobierno, con las grabaciones de éste y de Kamel Nacif que ponen de manifiesto su complicidad en las redes de prostitución de menores y de su atentado cobarde en contra de la activista Lydia Cacho… Tantas cosas hay que recordar que se nos pasa el tiempo como agua por las manos. Lo mismo se llena de energía cuando recuerda algún momento glorioso de su vida laboral o académica cuando pronunciaba largos discursos frente a la multitud, que de sensibilidad cuando narra su paso por las comunidades más pobres del estado durante su trabajo en las Escuelas Comunitarias.

Yo hubiera querido trabajar en las condiciones en las que están ahorita los universitarios de la BUAP, pero nosotros tuvimos muchas carencias –nos comenta. Su pensamiento, una mezcla de criticidad con análisis amoroso, esperanzador y profundo, no muestra descontento en contra del desarrollo de su querida Universidad, más bien denota una preocupación profunda por la formación y la educación de las nuevas generaciones. ¿A dónde iremos los jóvenes sin ese ímpetu revolucionario de nuestros antecesores? ¿Cómo vive un revolucionario en tiempos de neoliberalismo? ¿A dónde iremos con esa insensibilidad y esa indiferencia? Dejamos esas preguntas al aire con la esperanza de que puedan disfrutar, al igual que nosotros, “50 años de pasión universitaria”, un libro que despertará al revolucionario que se ha dormido dentro de cada uno de nosotros por tanto bombardeo mediático y tanta robotización que nos ha paralizado.