Anatanael Medina

Alberto, estudiante de 18 años, fue el mayor de tres hermanos, de clase media, con pocas carencias y a veces hasta algunos gustos les proveían sus padres; era de una familia que contaba con lo necesario para vivir cómodamente. Practicaba futbol y era un excelente portero, siempre se distinguió por su buen estado físico que lo mostraba entre sus compañeros como el más entusiasta.

Por ese motivo, empezó a meterse en todos los torneos de su barrio. Siempre estaba interesado en participar; observar un partido por TV no le llamaba la atención, no quería ser espectador sino participante. Aunque tenía un gran interés por practicar su deporte favorito, continúo con sus estudios normalmente, realizando ambas actividades con el mismo entusiasmo.

Sin embargo, Laura, su madre, comenzó a notar que el joven permanecía más tiempo en la calle que en casa, así que ella comenzó a cuestionarlo, él simplemente la tranquilizaba argumentando que todo se debía a los entrenamientos, pero no había problemas, por lo que ella se sentía orgullosa, pero las ausencias se prolongaban más y empezaron las faltas en la escuela.

Alberto le pidió permiso a Laura para que tomara un año de descanso escolar, que quería trabajar para comprarse algunos artículos deportivos y que después regresaría a la escuela. A ella no le pareció buena idea, pero no tuvo otra opción más que aceptar, ya que al trabajar y no estar al pendiente de su hijo, él podría hacerlo sin su consentimiento, además que no podía comprarle todo lo que él necesitaba.

Pasados cinco meses, Alberto pasaba poco tiempo en casa, Laura no notaba nada extraño y pensaba que tenía un trabajo regular que le daba para comprar lo que necesitaba y ella no podía proveerle. Pero un día, Alberto llegó muy tarde, tenía un aspecto raro, estaba sucio y desaliñado, su mirada perdida. Entró y se encerró en su cuarto, por más que la madre intentó hablar con él, fue imposible. Estos espisodios comenzaron a ser más frecuentes.

Terminado el año, Laura pidió al joven que regresara a la escuela, pero él no aceptó. Dijo que seguiría trabajando y que era una decisión que debía respetar. Ella comenzó a reprocharle, a preguntarle qué le estaba pasando, que su comportamiento estaba había cambiado desde hacía tiempo y que para evitar pleitos ella no había querido decir nada, pero esa situación tenía que acabar. Alberto no escuchó y como siempre, terminó encerrado en su habitación.

Conforme pasaban los días, su carácter era más hostil, sus hermanos empezaron a ser víctimas de su mal genio y de a poco, llegaron las peleas físicas, pero como era el mayor, siempre terminaba imponiéndose. Transcurrió el tiempo y ya tenía 23 años, sus hermanos 16 y 17. Laura seguía ocupada en proveer lo necesario para la casa, pero la relación entre ella y Alberto estaba completamente deteriorada. Él casi diario llegaba oliendo a licor, pero era para ocultar el efecto de las drogas, los otros dos chicos lo empezaron a notar y se lo decían a Laura, ella nunca lo aceptaba.

Empezaron los robos, pequeños objetos desaparecían de casa. Después ya no eran sólo objetos de pequeño valor, también hubo pérdida de algunos electrodomésticos. Para ese entonces Laura ya tenía bajo llave algunos aparatos y no permitía que el joven estuviera en casa solo, o lo dejaba bajo llave. En una ocasión, Alberto se escapó por la ventana y saco un televisor y una VHS. Pasaron días y no regresó.

Fue entonces cuando su madre dio el primer paso: aceptar que su hijo era un adicto. Años de dolor oculto le cayeron encima y su rostro ensombreció. Su ánimo decayó y dejó de ponerle atención a los otros dos. Sus fuerzas estaban enfocadas en alejar a su hijo de las drogas. Él le decía que lo haría con la condición de que le comprara lo que quería. Pero las adicciones son difíciles de dejar y siempre recaía. El final llegó cuando Alberto golpeó severamente a sus hermanos porque no lo dejaron sacar el horno de microondas. Desapareció y Laura no ha sabido nada desde entonces. Hoy tendría o tiene 32 años.

Cualquier tipo de adicción es un duro y doloroso golpe, tanto para el consumidor como para la familia. No sólo se acaban los recursos económicos, sino los morales y a veces los humanos. Llegan las depresiones, las preocupaciones, que son las que consumen a quienes conviven con un adicto. Este problema es una carga que no se puede llevar solo; se necesita de un plan integral conformado por instituciones y personas que logren erradicar esta situación en cualquier individuo.

Las adicciones no respetan edad, condición social, sexo o religión. Se pueden dar en cualquier situación y lo peor es que no es notorio, nadie se hace adicto de la noche a la mañana, es un proceso que lleva meses o años, lo que lo hace grave, es cuando el consumidor logra pasar inadvertido, pues ni la familia ni los amigos lo notan. El desenlace llega cuando a veces ya es muy tarde.

Las estadísticas del Consejo Estatal contra las Adicciones colocaron a Puebla en 2011, entre los tres primeros estados con mayor índice de adicciones en los jóvenes y el primer lugar en alcoholismo en la capital. Entre las colonias que se han convertido en focos rojos, se encuentran Agua santa, El Alto, Loma Bella, Analco y Bosques de San Sebastián. A diario se pueden ver adolescentes y jóvenes en los diversos barrios capitalinos con sus “monas”; oros grupos consumiendo mariguana y otros estupefacientes.

Mientras todo esto pasa y ellos se consumen con todas estas sustancias. Los padres de familia están ocupados en obtener los ingresos necesarios para subsistir en una sociedad que carece de oportunidades. El caso de Alberto y Laura lo hemos vivido muy de cerca con vecinos, familiares o amigos. Es urgente que las autoridades creen verdaderas oportunidades para los jóvenes y sea posible encontrar una salida a este problema que cada vez es más complejo.

Es una cadena que se debe detener. Los especialistas en este tema afirman que se empieza por el consumo en pequeñas cantidades, pero con el tiempo, el cuerpo “siente la necesidad” de tener por periodos más prolongados y constantes estas sustancias, por lo que se generan dos tipos de dependencias: la física y la psicológica; ambas, y combinadas, son el detonante para que el consumidor no pueda salir de esta problemática.

Y la proclividad al consumo crece cuando hay desunión familiar, conflictos económicos, violencia, o simplemente falta de atención a los jóvenes. Está visto que los programas gubernamentales por sí no funcionan, pues no sólo son necesarios métodos que se aplique a un grupo de jóvenes, ya que cada individuo reaccionará de manera distinta a las diversas formas de rehabilitación.

Es urgente que se empleen mecanismos nuevos, que sean complementarios entre sí y no sólo aplicar políticas contra las adiciones de una manera superficial. Es necesario que cada sector de la sociedad aporte una participación, la cual debe ser comprometida con la sociedad misma, con la comunidad y con cada individuo inmerso en el problema de las adicciones.

De otro modo, cualquier método que se implemente, seguirá fallando. Y los jóvenes seguirán siendo víctimas de las adicciones, los que seguirá generando violencia e inseguridad en las colonias, ciudades y estados, pues este problema es a nivel nacional.

Síndrome de abstinencia
Omar Valverde

Salir del infierno de las drogas es una labor complicada, ardua, difícil, tanto para la persona que es adicta, como para la familia y círculo que lo rodea. El primer paso, a decir de los especialistas, es que el adicto lo acepte y esté dispuesto a un programa de rehabilitación. Los métodos pueden ser distintos, pero debe ser una integración integral, es decir, deben atenderse todos los flancos posibles par que la recuperación sea total. Pues no es suficiente dejar las adicciones, se tendrá que continuar trabajando para evitar una recaída, y esta labor hay varios involucrados.

Cuando un adicto está dispuesto a dejar las drogas, el primer conflicto que enfrentará es el síndrome de abstinencia, que será seguramente de lo más difícil que enfrentará después del propio consumo de sustancias tóxicas. Este síndrome es el conjunto de sensaciones físicas y emocionales o sicológicas que experimentará un individuo que deja de consumir cualquier sustancia tóxica.

Las adicciones generan dependencia física y emocional, cada una de éstas, son factores que tendrán que superarse. La primera, es mucho más sencillo de combatir, pues durante la rehabilitación de un individuo, éste podrá practicar diversa actividades que lo mantengan ocupado, como puede ser ejercicio físico o actividades artísticas, las cuales harán que canalice su energía en dichas actividades, sin que el cuerpo “sienta” la necesidad de consumir las sustancias acostumbradas.

Pero el caso de la dependencia emocional es más complicado, pues el cerebro, acostumbrado a determinadas dosis, “creará” la necesidad y le hará pasar a la persona, ratos muy amargos. Entre los síntomas que presentará el paciente, están, depresión y ansiedad, en caso de muchas personas, la ansiedad ha llegado a convertirse en desesperación, tanto, que el organismo se colapsa y pueden presentarse convulsiones; muchos familiares no soportan ver esto y a veces han pedido que se les suministre una porción mínima de la droga acostumbrada para que se reduzcan las convulsiones.

Entre otros de los síntomas, que pueden ser más ligeros, se presentan resequedad de boca, fatiga, dolor de cabeza, problemas de visión y vértigo. Pero habrá variaciones de acuerdo al tipo de sustancia que se haya consumido, las cuales pueden ser estimulantes, depresores o psicotrópicos (alucinógenos). Además, el organismo de cada individuo reaccionará de forma distinta a dichos estímulos.

Lo importante de la rehabilitación, es que el adicto cuente siempre con el apoyo de una institución, que haya un médico, quien deberá encargarse de los síntomas que vaya experimentando, pues en ocasiones es necesario ir reduciendo la dosis de la sustancia consumida y sólo un especialista podrá hacerlo.

Será necesario también el apoyo de la familia y los amigos, pues habrá momentos en que la persona en rehabilitación sentirá desesperación y soledad. Sensaciones de vacío, tristeza y miedo estarán presentes, al grado de que la persona preferirá regresar al consumo de las drogas que pasar por “ese infierno” que provoca el síndrome de abstinencia.

Es importante para todos los involucrados, tener plena conciencia de que la adicción a las drogas puede finalizarse y que deberán tener toda la fuerza necesaria, pues a veces la misma impaciencia y los lentos avances, parecieran determinar que la situación no tendrá fin. Es por eso que cada caso debe estar acompañado de un especialista, en la actualidad, hay diversas instituciones, públicas o privadas que han demostrado su eficacia en el tema de la rehabilitación.

Los especialistas señalan que éste es un paso que todos tienen que dar, no sólo el consumidor, sino cada persona allegada a él, pues es un infierno que deberán vivir todos. Observar a una persona padecer síndrome de abstinencia es sumamente crudo y doloroso, pero debe estar presente que será necesario para iniciar una nueva etapa de la vida.

Síntomas por sustancia consumida

Marihuana.
Pérdida de sueño, apetito y peso, escalofríos y sudoración en extremidades.

Anfetaminas y cocaína.
Cansancio extremo, tendencia suicida y alucinaciones.

Polvo de ángel (Fenciclidina).
Depresión, ansiedad por consumirla, cansancio, alteraciones del sueño y la personalidad, aumento de apetito y peso, movimientos lentos o súbitos y sueños desagradables.

Ansiolíticos.
Sensación de terror potencialmente mortal muy parecida al delirium tremens (alucinaciones); debilidad, malestar general, depresión, temblores y deshidratación.

Heroína y Morfina.
Respiración agitada, exceso de bostezos, lagrimeo, flujo nasal, sudoración, hiperactividad, sentido de alerta exacerbado, incremento del ritmo cardiacoy fiebre alta, así como pupilas dilatadas, escalofríos, dolor muscular, inapetencia y diarrea.