Fátima Valdivia

Desde antaño se han marcado modas y gustos controversiales: desde los hippies que gustaban de usar listones alrededor de la cabeza y no bañarse, mujeres que no usan sostenes, los crepés de los 80’s, hasta el uso de lentes de contacto de diversos colores hasta las perforaciones y los tatuajes. En gustos se rompen géneros, y es precisamente por distintos tipos de preferencias que surgen grupos sociales mal llamados como punks, darks, emos, nacos, fresas, pandilleros, y un sinfín de denominaciones a gente que por cierta forma de vestir o actuar se le estratifica.

Sin embargo hay un gusto en específico que sin importar raza, sector o nivel social sigue siendo motivo de cuestionamientos: el gusto por los Tatuajes. Las personas con tatuajes no son clasificadas como lo son los Skatos, por ejemplo, pues no hay un grupo a quien se les llame “los tatuados”, y es que así como el hijo de un político puede tener un símbolo chino en su antebrazo, un Dark puede marcarse una Cruz en su pecho, o un Mara Salvatrucha inmortaliza su primer asesinato con una Calavera en su tobillo.

Es común escuchar comentarios negativos acerca de los que se hacen los llamados Tatoos. En Instituciones o Empresas se llega a opinar que un individuo que se lastima a sí mismo al marcar su cuerpo, es capaz también de dañar a otros, y por lo tanto no es candidato para pertenecer a tal Organización. También es sabido que en la mayoría de los Bancos de Sangre no se aceptan donadores con tatuajes, por el riesgo que tienen de diversas enfermedades. O en algunos sectores de la sociedad en general es común que se trate a gente con este gusto como pandilleros o delincuentes, que por supuesto, tiene su razón y motivo; aunque en origen, éste tenía una connotación muy diferente.

El Tatuaje como tal (indeleble), es tan antiguo como el hombre mismo, pues desde culturas como la Egipcia se ha utilizado principalmente como símbolo de Jerarquía, Poder, Respeto, o incluso se ha usado como método curativo. No fue sino hasta el siglo XVIII que su práctica cambió de sentido, al ser los Marinos que viajaron a Polinesia y aprendieron ésta técnica, quienes en tierra firme cometieron crímenes y fueron identificados por sus tatuajes de Anclas, Calaveras o Sirenas. Desde aquel entonces y se podría decir que hasta la fecha, las personas tatuadas son vistas como criminales.

A partir de la segunda mitad del Siglo pasado es que se ha des-satanizado este gusto gracias al crecimiento de los Medios de Comunicación y a la apertura a la libre expresión. No obstante, es a todas luces verdadero que tanto pequeños grupos de delincuentes, como grandes organizaciones del Crimen Organizado, utilizan los tatuajes como signos de iniciación y pertenencia al Grupo. Es entonces que en Centros Penitenciarios de toda la República el número de su población interna con tatoos aumenta a pesar de que se encuentra prohibida esta práctica, y es debido a que se organizan los mismos presos en Pandillas y se “ponen la camiseta” al identificarse con una marca particular.

Por otro lado, los Mara Salvatrucha tienen códigos para sus tatuajes, como el 13 o “MS” para mostrar que son parte del grupo; calaveras significan asesinatos, lágrimas son pérdidas de familiares o de otros maras; y lo más común son tres puntos que significan la mara (pandilla), la sangre y la muerte. A pesar de que aún continúan estas prácticas, también hay lugares y personas que utilizan el tatuaje con fines méramente artísticos, que en la sociedad es actualmente el principal objetivo de ellos.

En la Ciudad de Puebla existen al menos 5 talleres comerciales dedicados a la creación de tatoos, mismos que están debidamente certificados ante la Secretaría de Salud por cumplir con las normas sanitarias para la correcta aplicación de tal método. Algunas reglas son el que el Tatuador utilice guantes de látex y cubre bocas, que las agujas sean nuevas y esterilizadas, que los tubos estén esterilizados, que los contenedores donde se depositen las tintas a usar seas nuevos y desechables, y que la tinta no sea reutilizada.

Por estos negocios se ven desfilar a todo tipo de personas, eso sí, con cierta solvencia económica para gastar en un gusto que al menos costará unos $300, y dependiendo de la dificultad del diseño, hasta más de mil pesos por el trabajo. Así que, sea un nombre en letras negras, una mariposa colorida, o un calendario azteca en toda la espalda, el hacerse un tatuaje no sólo implica un derroche económico, incluye también el hecho de que es permanente, para toda la vida, o que quitarlo va a costar más del triple que su creación y la piel va a quedar dañada.

Implica que duele según la parte del cuerpo donde se haga; que al envejecer el diseño se puede deformar, así que esa Águila en el brazo se puede convertir en guajolote; que un mal cuidado puede deteriorar la pintura y causar infecciones; que exponerlo recién hecho a un ambiente insalubre, siendo una herida, está en riesgo de contagio de Hepatitis; también conlleva a no poder donar sangre al menos en un año, o dependiendo del Banco de Sangre, a no ser donador nunca, incluso cuando el tatoo se haya hecho en perfectas condiciones; cabe añadir el hecho que hay muchas empresas que por políticas no aceptan personas tatuadas o perforadas.

Un tatuaje no convierte a una persona en delincuente, un delincuente sí puede convertir una parte de su cuerpo con un tatuaje. El tatuaje no daña el cerebro pues la tinta se queda en la dermis y no circula por el cuerpo. Tampoco tiene que ser masoquista el que se hace un tatoo, porque entonces sólo los que están acostumbrados al dolor, como los boxeadores se atreverían a hacerlo. Y así como dicen que el cuerpo humano es perfecto tal como lo hizo la naturaleza, existen detalles para adornarlo o mejorarlo; como aretes, tintes para cabello, maquillaje, tatuajes y muchos otros extras creados por el mismo hombre.

Así que si una persona decide hacerse un tatuaje religioso, otra tiene 50 en total, uno más prefiere uno de Henna, o alguien decide nunca marcar su piel, los Tatuajes seguirán siendo motivo de plática y controversia, y sin embargo nada cambiará pues las decisiones y opiniones son propias e íntimas o individuales, aunque eso no signifique que deban de ser sencillas.