Angélica Soberanes

Como resultado de la estrategia de combate a la delincuencia y el narcotráfico declarada desde 2006 por el actual presidente de México Felipe Calderón, se ha generado una nueva oleada de fanáticos de la milicia que se ha reflejado en un mayor número de jóvenes mexicanos que se enlistan. Por lo anterior, la redacción de esta revista se ha preguntado, ¿cuál es el papel que debe desempeñar el ejército en cualquier Estado? ¿Cómo se está entendiendo la labor de salvaguardar una Nación?
Si bien el artículo 89º constitucional en su fracción VI indica que es facultad del Presidente: “Preservar la seguridad nacional, en los términos de la ley respectiva, y disponer de la totalidad de la Fuerza Armada permanente o sea del Ejército, de la Armada y de la Fuerza Aérea para la seguridad interior y defensa exterior de la Federación”, la forma en la que ha dispuesto del poder que le conferimos ha sido en verdad desastrosa.
Según el semanario “Animal Político”, se estiman más de 60 mil muertes oficiales en lo que va de su sexenio, así como varias ciudades y pueblos desolados por la emigración que el crimen organizado ha propiciado de forma directa e indirecta de los habitantes. La comunidad internacional excepto los Estados Unidos de América, no ve con buenos ojos las consecuencias de una lucha contra el narcotráfico que se ha calificado como una “lucha personal del presidente”.
Además, es lamentable que casi el 50% de los muertos se hayan clasificado como “sin datos” y se sumen a la lista de los llamados “daños colaterales” de una lucha sin sentido. Para quienes formamos parte de los ciudadanos críticos de este país, nos parece que la imagen del Ejército se ha desvirtuado y que estamos a poco de convertirnos en una nueva Colombia.
Como parte de una familia con tradición en la milicia, es muy duro para mí señalar la presente postura ante dicha institución estatal. Sé que para los corazones más sensibles a la Patria y quienes se quedaron con la idea nacionalista de principios del siglo pasado, la crítica hacia las Fuerzas Armadas representa una molestia. El asunto que me preocupa tiene que ver no solo con el Ejército, sino con el poder mal entendido que ejerce y con el uso de armas de fuego del que el país del norte ha sacado ventaja vendiéndonos su más alta tecnología e instalando; se rumora, oficinas de inteligencia estadounidenses en nuestro país.
Tan manchada está la imagen de nuestros “soldaditos”, que se han ido de gira por el país con su exposición “La Gran Fuerza de México” en la que no solo los niños, jóvenes y adultos pueden ver de cerca toda clase de armamento, sino que se trataron de llevar a los soldados mejor parecidos y más carismáticos para explicar de manera ordenada y puntual, todo el esfuerzo que hacen por nosotros. Casi como personajes de película tipo “G.I. Joe”, encantan a los visitantes, que además hacen honores a la enorme bandera colgada al centro mientras alzan el pecho y sonríen valerosos.
La historia del Ejército en nuestro país se inicia con su nombramiento ya como institución a partir de la creación del Colegio Militar; como se señala en la página de la Secretaría de la Defensa Nacional SEDENA (www.sedena.gob.mx), en el año de 1823 en la Fortaleza de Perote, Veracruz. Su presencia se consolidó durante la Invasión Norteamericana, la Reforma y por supuesto la Intervención Francesa.
Pero no fue hasta el periodo de la Revolución cuando la importancia de la milicia se sumó al espíritu nacionalista y se comenzó a considerar un enorme orgullo pertenecer al Ejército Mexicano. Miles de jóvenes sobre todo de pequeñas comunidades, salían de sus hogares buscando una mejor vida y reconocimiento al enlistarse a las Fuerzas Armadas. Fue en esta época cuando se consolidó la imagen del Ejército como una tradición muy mexicana arraigada a la defensa y el amor a la Patria.
En la época más reciente, nuestro Ejército participó en la Segunda Guerra Mundial con el Escuadrón 201 quien colaboró con los Estados Unidos de América y fue en 1940 cuando se publicó la Ley del Servicio Militar obligatorio en México.
En nuestros días, el Ejército Mexicano forma parte de las Fuerzas Armadas bajo la supervisión de la SEDENA y antes de su salida de los cuarteles para combatir al narcotráfico, se dedicaba a realizar labores de ayuda humanitaria frente a desastres naturales o guerras en otros países. Sin embargo, el auge de lo militar en México en una parte de nuestra población, se contrapone a la degradación de su imagen en otro sector de los mexicanos quienes tememos por nuestra vida y no dudamos en que entre los muchos soldados honestos, se encuentren criminales que apoyen a organizaciones delictivas y que tengan acuerdos con las mismas.
El miedo se apoderó de las calles, sobre todo de nuestros compañeros ciudadanos del norte de México quienes han sufrido y pagado con su vida y la de los suyos, la decisión de Felipe Calderón de lanzar a los militares a la calle. He titulado este texto, “Milicia: la retorcida tarea del Estado democrático”, para señalar que la existencia por ley de un grupo de personas especializadas para cuidar de la soberanía de nuestro país, no justifica que hagan lo que se les de la gana o que pretendan ser parte de la vida cotidiana de todos nosotros militarizando a un país que no lo necesita y facilitando la entrada a México de fuerzas armadas extranjeras que nos ponen en peligro.
Es un mensaje para todos los lectores de esta revista y los ciudadanos en general, no permitamos que sigan violando nuestras libertades y si tenemos tradición o afecto por el nacionalismo que representa el ejército, elijamos bien a nuestros gobernantes y no demos pie a que vuelvan a denigrar la imagen de quienes reciben formación y educación para liberar a México no para esclavizarlo.